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En busca del juego perdido

Ahora que llegan las fiestas consumistas de navidad y reyes, con su falsario papa noël de barba blanca y anuncio de refrescos, con esa triple monarquía que reciben los pedidos en “whatsapp” y siguen la estrella grabada en la visa, publicamos un texto del siglo pasado que durante años fue reproducido en estas fiestas tan señaladas.  

Imaginemos un retorno a los primeros años de nuestro siglo. Entonces, los niños jugaban con tierra, con agua, con el viento y el fuego. La infancia estaba en armonía con la vida social, con el ciclo vital del universo. El niño de hoy, alejado de las diarias ocupaciones de los mayores, apartado de la naturaleza, vive dentro del mundo de los juguetes. Crece en un ambiente que reproduce en miniatura, el predominio de la técnica. La sociedad infantil, junto con sus tradicionales rondas y canciones, corre el riesgo de desaparecer como consecuencia de la rápida evolución desde la economía campesina hasta la época de la máquina, del bienestar y del capital. (R. Neri)

La importancia del juguete como industria multinacional del juego y como mercancía de consumo es clara, pero lo que no está claro es la manipulación y alienación a la que se ve sometido el niño durante todo el año, acrecentado en fechas como Navidad y Reyes y ahora hasta en el verano. Se fuerza por medio de la televisión a la compra de juguetes de toda clase, juguetes grandes, bonitos, automáticos, complicados…

La industria juguetera ha llegado a límites insospechados, copiando todas las aberraciones de las demás industrias, con un servicio de «marketing» que nada tiene que envidiar al de la General Motors, con un equipo de psicólogos que, con sofisticadas armas para descubrir el alma del niño. lo desalman.

Se manufacturan juguetes a la misma imagen y semejanza de los productos para mayores, igual de inútiles y autodestructibles, sin embargo, fabricantes astutos crearon el juego «didáctico», que al igual de los demás juguetes «carceleros» sirve para tener al niño encerrado en la casa o escuela, callado, jugando a juegos estúpidos, que lo educan para en un mañana no muy lejano, integrarlo en la sociedad de sus mayores, ya que es esto lo que se espera conseguir de él… Unamuno reivindicó el juego puro que «no es otra cosa que juego», «el juego serio» «en el cual no interviene ninguna otra consideración que aquella de jugar. El peor aspecto del juego aplicado a la enseñanza, es decir, del juego educativo, no es quizá tanto que arruina a la enseñanza, cuanto que arruina el juego».

Está comprobado por los “especialistas”, que, cuanto más juega un niño, más se capacita para el trabajo. inconscientemente el niño sustituye poco a poco, pero con paso firme y continuado, el juego por el trabajo, jugando empieza a trabajar.

Hoy más que nunca es bien patente que la situación de los niños respecto al juego no es la más privilegiada, ante la avalancha de juguetes manufacturados en serie se encuentra el niño enclaustrado en una ciudad, donde apenas quedan espacios libres, donde el hombre se ha impuesto barreras para su no servicio, coches/semáforos/accidentes/guardias, etc. la calle ya no nos pertenece. se conoce la calle como lugar de paso, de casa a la escuela y viceversa, los domingos de paseo, autobús. metro. semáforos. ruidos, hacen de su infancia un aprendizaje de lo que le espera, pero al igual que el juego, esto les prepara.

No hace muchos años, todavía quedaban espacios para jugar, cuando llovía se hacía barro, hacíamos fuego, la calle era nuestra, hubo épocas de depresión, la TV nos invadió, como flautista de Hamelin nos embaucó con su canto, fue la novedad, era más divertida la calle, pero lo coches nos iban cercando, cada vez, el espacio se iba reduciendo, los bloques de pisos crecían, los automóviles ocupaban las aceras, los policías nos quitaban las pelotas, cada vez era más difícil jugar en la calle, como indios a los que se les ha arrebatado las tierras, los niños fueron a parar a las reservas, éstas, cada vez más reducidas, ya que en los pisos no tienes sol, ni barro, ni puedes hacer fuego, tampoco puedes elevar una cometa.

Hoy la calle es un aparcamiento o una gran avenida, algún jubilado sentado en un banco toma el sol, un sol filtrado entre la polución y los edificios, el niño ha desaparecido, a ese niño le han usurpado el tiempo, el espacio, su historia.

La ciudad está fabricando niños útiles, a la misma imagen y semejanza que los adultos, el juego ha sido relegado a un tiempo fijo, existe el «jugador dominguero», otros no juegan ni en domingo. Pero «jugar» si que se juega, pero en qué condiciones, ¿dónde?, ¿cómo?, el niño ciudadano es un pobre jugador, aunque tenga los más bonitos e inverosímiles juguetes, porque este niño está perdiendo la libertad de jugar. Igual que la energía solar no es rentable porque no se puede vender, el juego como tal, tampoco lo es, porque no puede ser envasado. Pero para «jugar» existe el muñeco militarizado/articulado o el juego didáctico que es mucho más rentable y socialmente es más aceptado.

Sin juego, la infancia no tendría historia, y quien no ha podido tener infancia, porque no ha jugado, no tiene una historia. (T. Volpicelli)

Revista Alfalfa nº 2 diciembre 1977

evelio@tipotapa.es

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